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Terra
La Coctelera

En la Azotea

Con los pies colgados en la cornisa, Miriam contemplaba el paso de los coches por la avenida principal.

El teléfono móvil sonaba con insistencia, tirado, junto al paquete de tabaco, sobre el bolso, que yacía a sus pies. Junto a el, una cuartilla y un trozo de carboncillo; un último dibujo: una mujer de cabellos largos que se llevaba un cuerpo muerto.

El viento le azotaba la cara, y resaltaba su pijama a rayas verdes y blancas, manchado de pintura, sobre el cielo azul de la noche.

A lo lejos se escuchaba el tic tac profundo, lento, del reloj de la vieja catedral.

Suspiró con fuerza, mientras cerraba los ojos. Era el momento.

Dobló los brazos, apoyando las manos sobre el talud de la azotea, y tomó impulso.

- ¿Estás segura? – dijo de pronto una voz tras ella.

Roto el impulso, Miriam se dio la vuelta, sorprendida de que alguien hubiera subido hasta allí a las tres de la madrugada.

Tras ella, extrañamente iluminada, había una mujer.

- Que quieres tú- dijo Miriam, bajándose del talud.

- Nada- contestó la joven - ¿y tú?

Miriam volvió a mirar hacia abajo. Los pocos coches que pasaban aún iban rápidos, como si les fuera la vida en cruzar la avenida. Cuantas veces había ella pensado en la tontería que cometían, comparándola casi con un suicidio…

“Suicidarme” pensó con tristeza, sin llegar a decirlo.

La joven de la azotea se acercó lentamente, y Miriam percibió su olor, una mezcla de flores y maderas, de piedras e incluso el lejano olor del Mar. Algo tan extraño que era incapaz de describir, y que, sin embargo, le agradó.

- No creo que hayas subido hasta aquí para tomar el aire – murmuró la joven, mientras se sentaba a su lado.

- No – confesó Miriam – lo cierto es que no –

La chica la miró fijamente. Tenía los ojos verdes, brillantes, inteligentes. Y en ellos había algo tan profundo que la desconcertó.

- Tampoco tú, ¿verdad? – preguntó finalmente Miriam.

- No – contestó la muchacha – no he subido aquí para eso –

- ¿Entonces? – Miriam empezaba a inquietarse. Buscó con su mano en el suelo, hasta que encontró el paquete de tabaco. Encendiendo un cigarrillo, le ofreció otro a la desconocida.

- No, gracias – dijo ella con una sonrisa casi burlona – Dime, ¿a que has subido? –

Miriam suspiró. No la conocía, y sin embargo, estaba allí, dispuesta a escucharla. El teléfono seguía sonando.

- No puedo quererle – dijo nerviosa – no puedo…porque él no me quiere a mí. Nunca lo hará. -

- ¿Y? – la muchacha se levantó, y volviéndose hacia la calle, apoyó sus manos en la cornisa.

- No tengo razones para vivir, estoy tan cansada de tantas cosas...– confirmó Miriam.

- Es extraño – repuso la desconocida – es muy extraño que digas eso. Y es injusto por tu parte, a quien le han sido dados tantos dones –

Miriam alzó la vista hacia ella. Solo entonces se fijó en la túnica blanca que la cubría, una túnica que se movía al más mínimo soplo de aire, y se le pegaba a un cuerpo esbelto de tez pálida, brillante, casi irreal. Como en sus dibujos.

Bajó la cabeza, y pensó en sus padres. Estarían abajo, en el piso, pequeño pero tan acogedor, pensando que ella, su hija, estaba en la cama, tapada con las sábanas, posiblemente, con un cuaderno entre las manos, o en el escritorio, poniéndolo todo perdido de acuarela. Y al día siguiente, su madre, intentando parecer enfadada, obviando la virtuosa imagen que había salido de las manos de su hija, le gritaría, casi riendo, para que lo limpiara todo bien.

Pensó en sus amigos, en las noches en el bar, las risas, las cervezas, en los ánimos a que hiciera esa exposición de pintura que el profesor de la facultad de Bellas Artes le había comentado.

La Dama entonces se agachó frente a ella, mientras le secaba las lágrimas que comenzaban a caerle suavemente por las mejillas.

- Si te marchas – susurró – habrás jugado en contra de la Vida que te fue dada. No eres tú quien juzga, ya lo harán otros por ti, llegado el momento. Si te marchas, algunos te recordaran con la tristeza de lo que no pudieron hacer, otros, como la cobarde que huyó de todo sin atreverse a dar un paso. Si te marchas… - entonces dibujó con su dedo un pentáculo en su frente – yo estaré aquí para acompañarte, pero no es el momento, ni el tiempo, también entristecerás a la tan temida Muerte, que verá como se pierde un Alma de talento tan poco abundantes en esta oscura tierra.

No hay más vida al otro lado. Aquí está la enseñanza, yo no puedo enseñarte nada Miriam, y no te llevarás más de lo que pierdas. Ya hay bastante desolación en el mundo –

Las lágrimas de Miriam caían en gotas sobre el suelo rojo de la azotea, y sus rasgos, antes duros y sin expresión, se habían transformado en una máscara de tristeza.

- Piénsalo. Y si decides que hoy no es el tiempo, llevarás una Vida de pruebas ganadas. Y al final del todo, cuando tu camino haya concluido, y hayas recibido la recompensa a todo lo que aún tienes que dar, volveré, a llevar a una valiente conmigo, al otro lado, a mi reino. Pero no hoy, Miriam, no hoy -

Y dicho esto, desapareció.

En la azotea quedó Miriam, y esta vez sus ojos miraban a los tejados, altos, fuertes, y ya no al suelo, donde antes se habría arrastrado.

El móvil seguía sonando insistentemente.

Cogió el bolso, y se encaminó lentamente hasta la puerta. Miró entonces la pantalla del teléfono, y descolgó.

En alguna parte, la Doncella, mirándola, sonrió.

Alma de Piedra

Mi primera publicación... os la dedico a todos aquellos que perdais un rato de vuestra vida en leerme.

ALMA DE PIEDRA

Oscuras pasaban las nubes por las calles de la ciudad.

Oscuros eran los pensamientos de aquellos que dormían bajo los cartones abandonados en los rincones de las casas.

Desde hacía siglos, su mirada contemplaba aquel rinconcito del mundo que nadie parecía querer, pero que, sin embargo, nadie quería abandonar.

Encaramada en lo alto de su cúpula, sus alas hacía siglos que dejaban resbalar las gotas de lluvia que, en los invernales días de soledad, lloraban las nubes a su paso por la tierra, como si entendieran el dolor de quienes están condenados a no abandonarla en eternidades.

A su lado dormitaba un cuervo, testigo vivo de las penurias de los muertos.

Un grito sordo llegó hasta lo alto, mezclado con el ulular del viento, y una nueva alma se unió al etéreo mundo que Ella tan bien conocía.

Su corazón de piedra se estremeció al sentir el halo de la Muerte en su nuca.

- Ya he vuelto – le dijo la Muerte, apartando suavemente la túnica blanca de su lomo.

- Llegas tarde – le dijo Ella – murió hace un rato. Ya está perdida –

La Doncella se acercó al borde del tejado donde su compañera era testigo del fluir del tiempo desde hacía más de dos siglos.

- ¿Fue uno de Ellos? – preguntó dulcemente, mientras su cabello se enredaba con el viento.

- No lo sé. Yo solo escuché el grito – respondió.

Extendió entonces la Doncella los brazos hasta formar una cruz con su cuerpo, y se dejó caer al espacio vacío que quedaba entre los últimos pináculos de la catedral y el suelo de la plaza que abajo se extendía.

Minutos después ascendió con una niña entre los brazos.

- Han sido Ellos – confirmó apenada.

- No entiendo aún tus lágrimas, a veces creo que te burlas con ellas de quiénes te llevas a tu reino – se atrevió a decir Ella.

- Yo no elijo siempre a quién me llevo. Aún no le tocaba – se defendió la Muerte, acariciando suavemente la carita pálida de la niña.

Después, unió su frente a la de la niña y cerró los ojos.

Entre las brumas de niebla que jugueteaban entre las agujas de la vetusta catedral, se dibujaron escenas perdidas para siempre.

Y una de las sombras que quería ser lo vivido ahogó un cuerpecillo que apenas si empezaba a respirar.

La Doncella derramó una lágrima, mientras separaba su frente de la del cadáver.

- Nunca dejarán ya de hacer mi trabajo – susurró, besando a la pequeña en la mejilla pálida.

- Lo sé – confirmó Ella.

- Malditos sean por siempre – sentenció la Muerte, susurrando entonces algo al oído de la niña muerta.

- ¿Acabarás con Su crueldad? – quiso saber Ella entonces.

- Lo harán consigo mismos. Yo no necesitaré más que sentarme a esperar. Las sombras de sus mentes se harán aún más oscuras, y sus actos cada vez más perversos. Y un día mirarán hacia atrás, y querrán saber en que momento se olvidaron de que alguien les dio un Alma. Pero para entonces – la Doncella emitió un suave haz de luz – ya será tarde, y el Mundo estará perdido –

Dejó el cuerpo de la niña junto a Ella, mientras hacía la señal del Pentáculo en su frente con un gesto.

- Sigue ahí como hasta ahora – le pidió a Ella – vigilante y constante. Tú naciste para desalojar las aguas que corrían por este tejado, y te tocará vivir para ser testigo de la destrucción de la cordura –

- Lo sé – se resignó – y mentiría si dijera que amo esta vida de piedra con que Ellos me regalaron.

- No estás sola – advirtió la Muerte.

- Un viejo cuervo no es suficiente compañía – confesó tristemente.

Nuevamente la Doncella sonrió, antes de marcharse, dejando el mundo a su alrededor como cuando llegó, y las nubes comenzaron a descargar su ira hacia Ellos, en el deseo recóndito de evitar que su mal llegara a destruirles completamente.

Al Alba la luz quiso entrar entre la cortina que pugnaba por no abrir jamás, y el único rayo de sol que logró atravesarlas acarició suavemente el lomo de la imponente Gárgola.

Ella, para siempre en lo alto de su cúpula, otorgado el don de contemplar los escasos momentos de alegría y las, demasiado comunes, vilezas del Alma Humana.

El viejo cuervo dormía esta vez a sus pies, oculto de la tenue luz del sol entamizado.

Y a su lado, un cuerpecillo frío y blanco como la nieve que no tardaría en cubrir los tejados con la llegada del nuevo invierno.

Una vez más la Doncella había obrado en justicia. Y la Niña abrió los ojos para encontrarse junto a Ella, comenzando así a vivir en el Reino de la Muerte lo que Ellos, los más sabios en el reino de la tierra, le negaron en la Vida.

Y sentándose a su lado, pasó su bracito por el cuello de la Gárgola, mientras besaba la horrible cara que los Hombres le esculpieran, en el deseo inconsciente de plasmar el espejo de su Ser en la piedra.

Abajo, en la plaza, un grupo de hombres encontraban, sobre los adoquines, el cuerpo inerte de una niña, mientras se intentaban explicar la extraña sonrisa que su último suspiró dibujó en sus fríos labios.