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La Coctelera

† El Paraíso deviene en Infierno †

El rincón de la elfa...

11 Mayo 2008

En la Azotea

Con los pies colgados en la cornisa, Miriam contemplaba el paso de los coches por la avenida principal.

El teléfono móvil sonaba con insistencia, tirado, junto al paquete de tabaco, sobre el bolso, que yacía a sus pies. Junto a el, una cuartilla y un trozo de carboncillo; un último dibujo: una mujer de cabellos largos que se llevaba un cuerpo muerto.

El viento le azotaba la cara, y resaltaba su pijama a rayas verdes y blancas, manchado de pintura, sobre el cielo azul de la noche.

A lo lejos se escuchaba el tic tac profundo, lento, del reloj de la vieja catedral.

Suspiró con fuerza, mientras cerraba los ojos. Era el momento.

Dobló los brazos, apoyando las manos sobre el talud de la azotea, y tomó impulso.

- ¿Estás segura? – dijo de pronto una voz tras ella.

Roto el impulso, Miriam se dio la vuelta, sorprendida de que alguien hubiera subido hasta allí a las tres de la madrugada.

Tras ella, extrañamente iluminada, había una mujer.

- Que quieres tú- dijo Miriam, bajándose del talud.

- Nada- contestó la joven - ¿y tú?

Miriam volvió a mirar hacia abajo. Los pocos coches que pasaban aún iban rápidos, como si les fuera la vida en cruzar la avenida. Cuantas veces había ella pensado en la tontería que cometían, comparándola casi con un suicidio…

“Suicidarme” pensó con tristeza, sin llegar a decirlo.

La joven de la azotea se acercó lentamente, y Miriam percibió su olor, una mezcla de flores y maderas, de piedras e incluso el lejano olor del Mar. Algo tan extraño que era incapaz de describir, y que, sin embargo, le agradó.

- No creo que hayas subido hasta aquí para tomar el aire – murmuró la joven, mientras se sentaba a su lado.

- No – confesó Miriam – lo cierto es que no –

La chica la miró fijamente. Tenía los ojos verdes, brillantes, inteligentes. Y en ellos había algo tan profundo que la desconcertó.

- Tampoco tú, ¿verdad? – preguntó finalmente Miriam.

- No – contestó la muchacha – no he subido aquí para eso –

- ¿Entonces? – Miriam empezaba a inquietarse. Buscó con su mano en el suelo, hasta que encontró el paquete de tabaco. Encendiendo un cigarrillo, le ofreció otro a la desconocida.

- No, gracias – dijo ella con una sonrisa casi burlona – Dime, ¿a que has subido? –

Miriam suspiró. No la conocía, y sin embargo, estaba allí, dispuesta a escucharla. El teléfono seguía sonando.

- No puedo quererle – dijo nerviosa – no puedo…porque él no me quiere a mí. Nunca lo hará. -

- ¿Y? – la muchacha se levantó, y volviéndose hacia la calle, apoyó sus manos en la cornisa.

- No tengo razones para vivir, estoy tan cansada de tantas cosas...– confirmó Miriam.

- Es extraño – repuso la desconocida – es muy extraño que digas eso. Y es injusto por tu parte, a quien le han sido dados tantos dones –

Miriam alzó la vista hacia ella. Solo entonces se fijó en la túnica blanca que la cubría, una túnica que se movía al más mínimo soplo de aire, y se le pegaba a un cuerpo esbelto de tez pálida, brillante, casi irreal. Como en sus dibujos.

Bajó la cabeza, y pensó en sus padres. Estarían abajo, en el piso, pequeño pero tan acogedor, pensando que ella, su hija, estaba en la cama, tapada con las sábanas, posiblemente, con un cuaderno entre las manos, o en el escritorio, poniéndolo todo perdido de acuarela. Y al día siguiente, su madre, intentando parecer enfadada, obviando la virtuosa imagen que había salido de las manos de su hija, le gritaría, casi riendo, para que lo limpiara todo bien.

Pensó en sus amigos, en las noches en el bar, las risas, las cervezas, en los ánimos a que hiciera esa exposición de pintura que el profesor de la facultad de Bellas Artes le había comentado.

La Dama entonces se agachó frente a ella, mientras le secaba las lágrimas que comenzaban a caerle suavemente por las mejillas.

- Si te marchas – susurró – habrás jugado en contra de la Vida que te fue dada. No eres tú quien juzga, ya lo harán otros por ti, llegado el momento. Si te marchas, algunos te recordaran con la tristeza de lo que no pudieron hacer, otros, como la cobarde que huyó de todo sin atreverse a dar un paso. Si te marchas… - entonces dibujó con su dedo un pentáculo en su frente – yo estaré aquí para acompañarte, pero no es el momento, ni el tiempo, también entristecerás a la tan temida Muerte, que verá como se pierde un Alma de talento tan poco abundantes en esta oscura tierra.

No hay más vida al otro lado. Aquí está la enseñanza, yo no puedo enseñarte nada Miriam, y no te llevarás más de lo que pierdas. Ya hay bastante desolación en el mundo –

Las lágrimas de Miriam caían en gotas sobre el suelo rojo de la azotea, y sus rasgos, antes duros y sin expresión, se habían transformado en una máscara de tristeza.

- Piénsalo. Y si decides que hoy no es el tiempo, llevarás una Vida de pruebas ganadas. Y al final del todo, cuando tu camino haya concluido, y hayas recibido la recompensa a todo lo que aún tienes que dar, volveré, a llevar a una valiente conmigo, al otro lado, a mi reino. Pero no hoy, Miriam, no hoy -

Y dicho esto, desapareció.

En la azotea quedó Miriam, y esta vez sus ojos miraban a los tejados, altos, fuertes, y ya no al suelo, donde antes se habría arrastrado.

El móvil seguía sonando insistentemente.

Cogió el bolso, y se encaminó lentamente hasta la puerta. Miró entonces la pantalla del teléfono, y descolgó.

En alguna parte, la Doncella, mirándola, sonrió.

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